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Cuenta la leyenda de este hermoso paraíso michoacano que, cuando se dio la conquista de las tierras purhépechas por parte del contingente que Hernán Cortés envió al mando del conquistador Cristóbal de Olid, uno de sus capitanes se vio terriblemente enamorado de la bella princesa Eréndira Ikikunari, hija del gran Tangáoxan Tzíntzicha, último irecha del imperio.
En un arrebato de pasión, el malvado capitán español, con ayuda de algunos de sus hombres, raptó a la bella princesa y la condujo a escondidas hasta un hermoso paraje rodeado de montañas, donde la mantuvo cautiva sobre una pequeña loma con la esperanza de que accediera de buen grado a sus bajos deseos, la quería hacer su esposa a la fuerza, a lo que ella nunca accedió.
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La bella princesa, devastada por su cautiverio y sumamente triste por no poder estar con los suyos, se pasaba día y noche derramando lágrimas de desesperanza, suplicando a sus dioses que la ayudaran a salir de tan terrible trance.
Dicen que “Tata Jurhiata”, Dios del sol Purhépecha, escuchó los lamentos de la bella princesa y conmovido por su tristeza convirtió las lágrimas de Eréndira en dos caudalosos torrentes de agua que inundaron el valle convirtiéndolo en un nutrido lago, conocido ahora como Zirahuén, ahogando a los malvados hombres que la mantenían cautiva y dotando a la hija de Tangaxoan de una cola de pez en lugar de piernas, lo que le permitió escapar de su sometimiento.
Cuentan los lugareños, que al día de hoy todavía hay quien ha logrado ver a la bella princesa que, con los últimos rayos del sol al atardecer, sale del agua para llevarse para siempre a un desprevenido visitante al fondo del lago, como castigo por su mal corazón.
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